Tres arquitecturas de diálogo de Metamorfon están calificadas como adaptativas, y la aplicación las presenta bajo el nombre de estrategias adaptativas. La palabra podría hacer pensar en un ajuste automático de un parámetro —un sistema que detectaría, por ejemplo, que un debate da vueltas en círculo y bascularía por sí mismo hacia un modo más tajante. No es eso lo que designa el adjetivo. La adaptación de la que se habla aquí no es una funcionalidad algorítmica; es una práctica compartida entre el usuario y los modelos.
Por el lado de los modelos, la adaptación es en efecto casi automática: cada modelo ajusta su contribución al modo de debate en curso. Un modo crítico lo empuja a exponer las fallas de la posición contraria, un modo constructivo a buscar las articulaciones posibles, un modo equilibrado a sostener ambas a la vez. Esa adaptación no pide nada al usuario —se produce por el solo hecho de la configuración del turno.
Por el lado del usuario, en cambio, la adaptación es todo menos automática. Exige una lectura activa. En cada turno, el usuario observa lo que los modelos acaban de producir —dónde convergen, dónde se resisten, qué han evitado, qué pide ser puesto a prueba— y elige el modo siguiente en función de lo que ve y del objetivo que persigue para esa sesión. Un debate que se atasca en una disputa terminológica gana al bascular al modo constructivo para forzar una articulación; un debate que converge demasiado rápido gana al pasar al modo crítico para poner la convergencia a prueba; un debate que produce muchos argumentos pero poco movimiento gana al pasar al modo refutativo para zanjar. Ninguna regla dicta estas elecciones; pertenecen al juicio del usuario sobre el estado del debate y sobre lo que busca obtener de él.
Es la articulación de estas dos adaptaciones —la de los modelos, que sigue al modo, y la del usuario, que elige el modo— la que produce la trayectoria de una sesión. El adjetivo adaptativo nombra precisamente esa articulación. No designa ni un automatismo oculto, ni una inteligencia del dispositivo que pudiera prescindir del pilotaje humano. Designa por el contrario la condición de posibilidad de ese pilotaje: un dispositivo en el que cada turno abre una elección, y en el que esa elección pertenece a quien conduce la sesión.
Es también por eso que la experiencia de uso de Metamorfon se afina con la práctica. Los primeros usos tantean; con el correr de las sesiones, el gesto se vuelve más certero —el usuario reconoce más rápido lo que pide ser basculado, anticipa lo que un modo producirá sobre el estado actual del debate, compone trayectorias que ninguna elección aislada habría podido construir. Es en ese gesto acumulado, más que en ninguna funcionalidad tomada aisladamente, donde se aloja el saber hacer propio del uso de la herramienta.